Por Belkys Pérez Cruz
03/05/12
La única vez que lo vi fue hace seis años, en
Caracas. Llegaba con unos amigos, a esperar junto a la prensa acreditada, el
anuncio oficial de los resultados de las elecciones presidenciales del 2006, en
Venezuela.
Cuando entró en la sala habilitada en el teatro
Teresa Carreño, su grandeza impuso respeto y todos dejamos lo inminente, para
acudir a su encuentro. Recuerdo que solo tuve que decirle que era cubana, para
que en un segundo su rostro se iluminara y la vida pasara por su mente como una
rápida secuencia fotográfica.
Hablamos de sus años en el Ejército sandinista
del que fue fundador y hasta hoy era su único sobreviviente, de la lucha contra
Somoza, de la victoria de 1979, de las elecciones que derrocaron al sandinismo,
en abril de 1990 y que él consideró una gran lección moral.
Ya para diciembre de 2006, momento de nuestro
encuentro, Daniel Ortega había ganado otra vez las elecciones en su país y el
Comandante Tomás Borge estaba feliz, seguro de que los errores del pasado no se
repetirían.
Nuestra charla duró más de media hora, mientras
esperábamos el resultado de la victoria de Chávez, hombre por quien me confesó
sentía una profunda admiración. No podía faltar Fidel en el diálogo y las
preguntas de una periodista ávida de descubrir algún nuevo detalle de aquel
libro que leí, más de una vez.
Supe entonces porque me lo dijo esa noche, que
el líder venezolano confesó que en la cárcel, después de la rebelión que
encabezó en 1992, entre sus pertenencias, estaba Un grano de maíz, como su
libro de cabecera. Chávez le había confesado al nicaragüense que cuando él
empezó a admirar a Fidel Castro, lo hizo por su libro.
La noticia de la victoria del presidente
bolivariano nos sacó de la charla que agradecí profundamente, a esa hora él
aplaudía como un venezolano más, yo partía a Miraflores bajo un torrencial
aguacero, a redescubrir el amor de un pueblo por su líder.
Un grano de maíz está entre mis favoritos y lo
conservo autografiado por él, es una lectura de esas que no puedes pasar por
alto y que a la luz de 20 años, nos sigue definiendo un rumbo. En aquellos años
de incertidumbre para muchos, Borges sentenciaba con sus letras: “Hasta los amigos
de la Revolución Cubana, que son más de los que cree, expresan algunas dudas
sobre los resultados del juicio final; aunque dentro de ellos abundan los que
mantenemos arraigada la convicción de que saldrá victoriosa en la descomunal
contienda.”
Hoy que la noticia de su muerte me sorprende,
tras varios días luchando por la vida, no puedo dejar de evocar su ejemplo, ese
que nos hizo admirarlo como guerrillero, diputado, poeta, escritor y embajador
de su nación.
Nunca escribí sobre este encuentro, lo saben
quienes me acompañaron esa noche, sin embargo hoy mi profesión me incita a
dejar constancia escrita, más no visual, pues el aguacero de esa noche
caraqueña acabó con mi cámara fotográfica y casi pone en riesgo la de
televisión.
Mientras leo la noticia en la web y la veo en
TeleSUR, vienen a mi mente los acordes de un tema del cantor venezolano Alí
Primera: “los que mueren por la vida no pueden llamarse muertos”, por eso el
eterno Comandante de la Revolución Sandinista vivirá donde toda la gloria del
mundo cabe
en un grano de maíz.
[1]Fuente:http://www.cubadebate.cu/especiales/2012/05/02/tomas-borge-y-un-libro-de-cabecera/.
Revisado: 03/05/12.
