Javier Iguiñiz: “Las
fracturas del país hacen temer un proceso muy conflictivo”[1]
Por Gerardo
Saravia & Patricia Wiesse
31/05/12
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| Javier Iguiñez |
Se movió siempre entre el mundo académico y el
político. Aunque fue el responsable del Plan de Gobierno de Izquierda Unida, en
todo momento mantuvo un perfil bajo. Hasta que decidió salir a la luz y asumir
una responsabilidad pública: la de Secretario General del Acuerdo Nacional.
–Pareciera que el Acuerdo Nacional
es para el común de la gente algo muy abstracto. ¿Qué políticas del Acuerdo se
han diseñado y, sobre todo, implementado?
–La figuración del Acuerdo Nacional es
intermitente, pues cambia según las circunstancias. No busca estar
cotidianamente en la figuración pública, sea apagando incendios o negociando en
los conflictos, por ejemplo. Desde su fundación contribuye a la gobernabilidad
llegando a consensos sobre políticas de largo plazo, más de Estado que de
Gobierno.
Aun así, también depende de los gobiernos, en
particular de los primeros ministros. Algunos han recurrido a él muy
activamente, otros lo han considerado de poca utilidad para el estilo de su
gobierno.
–¿Se refiere especialmente al
último?
–Sí, principalmente al último.
–¿Ha habido algún tipo de acuerdo que haya
influido en la marcha del país en una sociedad que, parece, nunca llega a
acuerdos?
–El Acuerdo Nacional contribuye a poner la base
debajo de la cual no se puede caer en lo que concierne a principios
democráticos, de derechos humanos. Seguramente, si hubiera un exabrupto en la
otra dirección, la antidemocrática, el Acuerdo tendría un papel más explícito, no
como batallón para hacer frente a quien quisiera “patear el tablero”, sino para
defender las reglas de juego de esa democracia.
–¿Y cómo se ligan esos temas
genéricos a las políticas concretas?
–Depende de la voluntad del gobernante: el
Acuerdo Nacional no es vinculante. No se puede decir que tal política es
resultado de él. Esas políticas van por los “vasos capilares” e influyen en el
Congreso, el Ejecutivo, la PCM… Hay una producción de legitimidad que opera a
fuego lento. Finalmente, es un factor de afirmación de una cadena de acuerdos,
de una trayectoria y una herencia. Es una cosa sutil, en muchos momentos
invisible, y es buena señal que así sea; y cuando haya que salir de una manera
más visible, más explícita, será porque hay crisis de gobernabilidad. Esperemos
que no la haya.
–¿Cuál sería su aporte al Acuerdo
Nacional, en qué ha pensado?
–Tengo cierta ilusión de que efectivamente
contribuya a la gobernabilidad. Estoy conociendo otras variantes, como el
Consejo Económico y Social de Brasil, que está haciendo milagros con el
Gobierno actual también; el Pacto de la Moncloa de España, para hablar de una
cuestión legendaria; y así en Irlanda, en Holanda, donde también hay estos
Consejos Económicos y Sociales. Ésos son una variante del tripartismo: Estado-capital-trabajo.
Luego se añadió un grupo académico más fuerte para elaborar políticas. Nosotros
no tenemos tripartismo, sino que incluimos también a los partidos políticos. A
esas experiencias les “falta la pata” de los partidos.
–Habría que pensar también en
nuevos actores. ¿Eso también lo está evaluando?
–Tengo que hablar con Mario Huamán, de la CGTP,
porque ellos, en una asamblea, acordaron dejar el Acuerdo Nacional. Entonces,
hasta que no haya asamblea formalmente no pueden aprobar un cambio en ese
sentido, pero sí he recibido opiniones de que tendrían interés en regresar.
–Usted comparte ese interés.
–Sí, porque el Acuerdo Nacional pierde su
sentido si quienes suelen expresar desacuerdos no están. Quiero también ver la
manera de incorporar a representantes del mundo amazónico, probablemente por el
lado de sociedad civil. Hay ahí dos o tres organizaciones. Es necesario pensar
el país con el enfoque regional, descentralista.
–¿Cuándo decidió su compromiso
político con este Gobierno? ¿Desde la Comisión de Transferencia? ¿Es usted
miembro de Gana Perú?
–No, no soy miembro de Gana Perú. Yo entro entre
la primera y la segunda vuelta al equipo que se forma entonces, dirigido por Félix
Jiménez, y que prepara la Hoja de Ruta.
–¿Qué lo llevó a asumir ese
compromiso?
–Uno, que me gustó el documento que salió poco
antes de la primera vuelta, una carta del candidato Ollanta que se llamó
“Compromiso con la Democracia”. Esa Carta me mostró una voluntad de cohesionar
el país. Para mí ésa es, ahora, una condición de viabilidad. No es sencillo,
por supuesto: hay mucha polaridad que hay que atenuar. Hace falta la voluntad
de hacerlo. Hay demasiadas fracturas en el país como para no temer un proceso
demasiado conflictivo en los próximos lustros; las tendencias no son a la
convergencia entre regiones. O la economía.
Siempre tengo esa preocupación por la viabilidad
del país, por si el Perú soportaría una eclosión con tendencias autoritarias de
cualquier signo, a la violación de derechos humanos y a considerarlos un lujo
que no corresponde a la gravedad de las dificultades que vive el país. Por eso
esa Carta, ese compromiso, me pareció una buena señal.
–Y ahora, ¿cómo ve la viabilidad
del proyecto político al interior del nacionalismo? ¿No le hace acordar a los
inicios del gobierno de Fujimori, cuando deja de lado a los colaboradores que
lo acompañaron durante la campaña?
–Se ha hecho muchas veces ese símil. Yo no estoy
tan convencido de que lo que estamos viendo es una repetición de aquello. No me
parece que haya una decisión del Gobierno de hacer monocorde el tipo de
funcionarios, gobernantes, técnicos en las distintas esferas del Gobierno. No
creo que el Gobierno sea la continuación de lo anterior en varios sentidos.
Puede parecer que lo sea en el BCR, en el MEF, pero ni de eso estoy seguro,
porque esas instituciones no son tan todopoderosas como para manejarse con
enorme autonomía dependiendo de las ganas o vocaciones de sus titulares oficiales.
No veo que el Gobierno esté tratando de usar
recursos asolapados para liberarse de cierto tipo de funcionarios y
sustituirlos por otros. Puede suceder, pero no por una planificación, por una
estrategia en ese sentido.
–Lo que sí sorprende es la gran satisfacción
del sector empresarial: en la CADE la aprobación del Gobierno fue de 85%...
–Eso es natural, porque el Gobierno ha empezado
tirando puentes hacia ese sector. El proceso tendrá avances y retrocesos,
defectos y excesos que irán cambiando con los meses.
–¿Funciona acá la idea de un
gobierno de concertación?
–Yo creo que sí, en el sentido de que no veo
razones para rechazar esa posibilidad. El Gobierno va a intentar ensanchar su
base de respaldo de un modo multiclasista, multirregional, en parte porque
quiere hacerlo, en parte porque lo necesita. El Gobierno requiere un apoyo
social bastante grande. Me asustaría terriblemente que no lo tenga, porque ahí
se abrirían opciones no necesariamente democráticas.
–Hay un sector que se puede sentir
decepcionado porque hay contradicciones entre el documento “La Gran
Transformación” y la Hoja de Ruta.
–Pero que ya son intrascendentes, ya salieron de
la agenda política relevante.
–Pero los de Cajamarca no creen
eso, porque Humala había hablado de la revisión de determinados proyectos…
–Puede surgir ese contraste, porque hubo gente
que se fajó en la campaña, y sabemos cómo son esas campañas: requieren de gente
con mucha convicción que sí pudo haber estado motivada por la formulación
original del programa. Pero ese mismo programa original se suele interpretar de
distintas maneras al calor de la psicología de cada persona y de cada lugar.
–El discurso en minería sí cambió
en relación con las promesas iniciales. Hablando de ello, ¿el Perú debe ser un
país minero a costa del agua?
–Creo que la polaridad no es correcta, como no
lo es tampoco la caracterización del Perú. El Perú no es un país minero,
primero, por una cosa elemental: una ínfima parte de la fuerza laboral trabaja
en minería. Sí lo es en el sentido de que requiere de la minería para algo de
la recaudación tributaria —una parte significativa cuando los precios están
buenos—, y como fuente de provisión de divisas para el crecimiento del país. En
eso la minería es fundamental.
–Si se aplica el ordenamiento
minero y solo se hace minería en las zonas donde estaría permitido, ¿qué otras
alternativas habría para financiar los programas sociales?
–Es muy difícil encontrar alternativas
inmediatas. En el Acuerdo Nacional planteamos que la recaudación tributaria no
debe ser menor del 18% del PBI; ahora está en 14%, 15%. Y con buenos precios de
los minerales…
La minería es pues necesaria, parte de un
proyecto de conjunto, pero a ella se suman agricultura, industria, servicios,
turismo; es decir, con un proyecto que ensanche la base económica del país. La
generación de divisas va a seguir recayendo por buenos años en la minería, pero
ésta no es, automáticamente, desaparición del agua.
–¿Pero cree en “agua y oro”?
–Yo sospecho que hay proyectos que son
incompatibles con el agua. No sé si el de Conga sea uno. El tema es que ser
compatible significa invertir más, no ser tan tacaños, diseñar bien un proceso
por el cual el acceso al agua de la gente de la localidad, pero también de
cuenca abajo, sea compatible con la minería. Hay que ir caso por caso. Si son
incompatibles con el cuidado del agua, que no se hagan. Pero creo que hay
bastantes que sí se pueden y deberían hacerse; por supuesto, con gran
escrupulosidad en materia de impacto ambiental.
–El ordenamiento territorial que
es absolutamente necesario supone menos minería y, por lo tanto, menos
recaudación por esa vía. Si la tasa de recaudación está en 14%-15%, como usted
dice, y hay que llegar a 18%, ¿no hay allí una contradicción?
–Habría que verlo en concreto. No sé si
necesariamente sea un freno al estímulo de la inversión. Repito: el
ordenamiento no es sencillo. Primero, porque tiene que ser un proceso
consultado, y ahí hay que ver quiénes deciden sobre cada metro cuadrado.
–¿Qué le parece la declaratoria
del estado de emergencia en Cajamarca?
–No estoy de acuerdo con quienes dicen que de
esto se deduce el curso definitivo de la modalidad de manejo de estos asuntos
por el Gobierno. Es algo legítimamente discutible, y no es el cartabón que
marcará el rumbo en este aspecto.
En el caso de Conga se arrancó muy mal, con una
empresa que es muy cuestionada, y no solo por los pobladores de la región, sino
también por todos los que escriben regularmente en los periódicos, de todo
espectro ideológico y neurológico. El consenso respecto de que Yanacocha no ha
hecho bien las cosas es casi total. No se puede negociar con quien mezquina
inversión para cuidar el agua y a la vez pide el respaldo del Estado para la
operación; y no solo para este caso, sino también para otro que está en
perspectiva, y así sucesivamente.
–Hablemos de la lucha contra la
pobreza. ¿Qué nota le pondría al gobierno de García? En su gestión se ha
reducido la pobreza, sobre todo la extrema…
–No hablemos de notas, porque estoy calificando
exámenes… En el caso de García, lo mejor es lo que no hizo. Las expectativas
respecto de su gobierno eran que no iba a generar condiciones para la
estabilidad. Pero en torno a lo que estamos tratando aquí, ese tipo de
concesiones revela un desinterés por las personas, los lugares, las culturas,
los recursos, con un estilo por lo que “el neto” estará bueno sin importar
quiénes caigan en el camino, cosa que me parece inadecuada como forma de
gobernar. Fue un error entrar así a la lotización del país, y por eso es tan
urgente el ordenamiento territorial, para introducir una racionalidad que no
signifique regalar territorios para la explotación de recursos naturales.
–No obstante todo lo que está pasando, parece
que hemos salido del discurso del “perro del hortelano”. Ya no hay esa
descalificación verbal, por lo menos.
–Creo que, a pesar de que a alguien se le ha
escapado algo así, ya no es ni va a ser eso lo característico. La experiencia
personal de Humala en el mundo de la provincia, de las regiones, de la gente
sencilla del país, que incluye su propia carera militar, lo lleva a ser
respetuoso, en principio, de ese tipo de personas y de esos lugares.
–Volviendo a la reducción de la
pobreza…
–Creo que es consecuencia del crecimiento
económico, y de programas como JUNTOS. Son elementos interesantes pero también
precarios: el crecimiento puede frenarse, y si bajan los precios
internacionales de nuestros minerales esta forma de frenar la pobreza no podría
continuar. No está en la base de la reducción de la pobreza una economía
competitiva, capaz de resistir los embates de la globalización, de la crisis
internacional.
–Pero en materia de desigualdad
las brechas se han ampliado, ¿no?
–Algunas sí; otras están en discusión. La brecha
regional parece que sí se ha ampliado…
–Y en Lima, del sector A con
respecto al D, E…
–Como sectores estadísticos, esas
clasificaciones no ayudan del todo a entender el asunto, porque el ‘A’, a pesar
de ser muy pequeño, es también grande, porque estamos hablando del promedio. Y
hay estudios que dicen que la brecha se ha reducido, que las capas de las
gerencias, después de un ascenso enorme de sus ingresos con sus bonanzas
financieras y la venta de bancos y cosas por el estilo en décadas pasadas,
incluso ese sector ‘A’ estaría creciendo menos que el ‘D’ en términos de
ingreso familiar. Hay un debate respecto de ese tipo de brecha, y también
respecto de las familias. Hay quienes insisten en que si se incorporan las
cuentas nacionales al cálculo de la desigualdad y no solo las de hogares, la
desigualdad se mantiene alta y constante. En los últimos 30 años el coeficiente
de Gini se mantiene constante, en 0,60.
–¿La crisis mundial supone también
una crisis del modelo capitalista?
–No. El modelo capitalista tiene una capacidad
espectacular para transformarse; con tantas crisis, el capitalismo ya debería
estar muerto. Su capacidad de recuperación es terrible en muchos sentidos. Lo
que sí está en cuestión es la bonanza de los países exportadores de materias
primas, porque los precios pueden bajar, y eso hace mucho daño a países del
África y de América Latina. También está en cuestión el sistema capitalista por
un ángulo no previsto, el del medio ambiente, el del sentido de la vida, el de
la motivación para desempeñarse en la vida, el de los valores y su
peligrosidad, como lo ha demostrado la crisis financiera, el de los bajos
estándares éticos que operan como normalidad en este tipo de competencia. Son
cuestionamientos muy de fondo, pero no los clasistas, los socialistas. Ahora
estos cuestionamientos vienen de otro lado.
–Usted siempre ha estado vinculado
a la izquierda cristiana, no a la más clasista y confrontacional, a la que
antes se llamaba “reformista”, pero cuyos postulados son hoy los “políticamente
correctos”? ¿Se siente reivindicado?
–No se me había ocurrido que pudieran proponerme
esa pregunta. En todo caso, no me siento en necesidad de ser o no ser
reivindicado. Hay un sentido en el que yo diría que me siento más cómodo que
hace veinte o treinta años, y es que el elemento humanista presente en el
radicalismo político es ahora más importante. Ya no podemos sostener que el
cambio de estructuras haría que las personas vivan mejor y sean felices. Eso
nunca lo creí, y se ha comprobado que el mejor sistema cooperativo puede dar
lugar a una corrupción fenomenal.
–Una pregunta personal. Usted que
viene de la región vasca, ¿qué opina del anuncio que el ETA acaba de hacer
sobre el cese de las acciones armadas después de cuarenta y tres años?
–Es una gran noticia. Eso ya no tenía sentido
hace muchísimos lustros, si alguna vez lo tuvo. Era un proyecto sin viabilidad
y sin correspondencia entre lo que pretendían y lo que podían lograr, aparte de
los métodos y el maltrato.
–Usted vino a los 14 años. ¿Qué lo
hizo quedarse en un país como el Perú?
–Encontré lo mejor del país, que se me ofreció
en bandeja. Entré en La Salle, que fue un excelente colegio; encontré grandes
amigos, una manera de vivir mi fe, mi cristianismo; encontré a la mujer de mi
vida; me incorporé con todo a la política. Es la plenitud.
