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| El artículo de Salim Lamrani en La Jornada que demostró el fraude de YS en Twitter |
Publicado en La Pupila Insomne
23/04/12
Interesante, sin dudas, que dos meses después que la
denuncia realizada por el investigador francés Salim Lamrani sobre el carácter
fraudulento de la popularidad en Twitter de Yoani Sánchez estremeciera la red, el diario que la lanzó a
la fama y le publica sus vitriólicos comentarios sobre Cuba se refiera al
asunto de los falsos seguidores y el ciberacarreo. Más interesante aún resulta
que utilicen como ejemplo “una empresa radicada en México y con una base en
Barcelona“. Tal vez si siguen investigando encuentren algún nexo de esa empresa
con Ernesto Hernández Busto, que también tiene “base en Barcelona” y que fue
quien recepcionó el inolvidable Premio Ortega y Gasset que El País le entregó a
la señora Sánchez.
Perfiles con muchos huevos
Por Joseba Elola
Diario El País
Aparentar popularidad.
Básicamente, de eso se trata. Lo hacen las marcas y lo hacen los profesionales.
Quieren parecer más populares de lo que son, incrementar su número de
seguidores en Twitter, convertir a sus fans de Facebook en legión. En la Red,
encontrar atajos para esta misión no resulta complicado. Ni caro: por 29
dólares (22 euros), cualquiera puede comprar 1.000 seguidores en un abrir y
cerrar de ojos.
“Comprar seguidores de Twitter
ayuda a que miles de seguidores estén informados acerca de tu producto o
servicio en tiempo real”, reza el texto promocional de una de las múltiples
empresas que ofrecen seguidores en Internet. “Teniendo seguidores relacionados
con el giro de tu negocio, lo único que tienes que hacer es mostrarles una
oferta que no puedan rechazar. Al hacer más famosa a tu marca en las redes
sociales, LA GENTE CONFIARÁ EN TI. ¡Compra seguidores de Twitter YA! (sic)”.
El reclamo de esta empresa
radicada en México y con una base en Barcelona no puede resultar más explícito
y entusiasta.
La compra de seguidores es un
fenómeno subterráneo del que se habla poco, pero que va a más. Como dice un
profesional del sector del marketing en redes sociales, nadie habla a las
claras de ello porque “todo el mundo tiene mierda debajo de la alfombra”; o muchos
huevos en el perfil, que se dice en el sector: el comprador de seguidores en
Twitter puede encontrarse de la noche a la mañana con un montón de seguidores
sin foto; cuando un usuario no pone su fotografía en esta red social, aparece
un huevo con fondo de color; por eso se habla de perfiles llenos de huevos.
Las marcas llevan tiempo
obsesionadas con su presencia en las redes sociales. Suelen recurrir a empresas
de mercadotecnia externas para que les gestionen su presencia en la Red. La
petición suele ser casi siempre la misma: necesitamos tener más seguidores, más
visitas, más fans. “La naturaleza del crecimiento de seguidores en las redes es
lenta”, señala Marcos Morales, creativo y productor del sector del marketing
digital. Pero las empresas quieren resultados rápidos. Y hay algunas agencias
poco amantes de las buenas prácticas que, para cumplir con un cliente, pueden
caer en la tentación de tomar algún tipo de atajo.
Fue a finales de 2010 cuando
una marca de bebidas, insatisfecha con su cuenta de Facebook, consiguió
multiplicar por 10 su popularidad en menos de un mes: el número de fans que
decían que les gustaba la marca en esta red empezó a experimentar crecimientos
espectaculares: 8.000 personas en un día, 10.000 más al siguiente, 22.000 más un
día más tarde, 40.000 más al cuarto. En cuatro días multiplicó por cuatro sus
datos de popularidad. En un mes, por 10. Tres expertos consultados por este
periódico, que prefirieron mantener oculta su identidad, coinciden en
diagnosticar que esos resultados son tan anómalos que solo se podrían explicar
gracias a alguna artimaña en la compra de fans.
Esta práctica fraudulenta no es
patrimonio de las marcas. “También recurren a esto los profesionales: abogados,
médicos”, señala Marcos Blanco, director de la agencia de marketing digital
Gestazion. “No hay más que ver las ofertas que hacen esas páginas, por valor de
50 dólares, orientadas a pequeños negocios: la mitad de lo que les entra son
profesionales”, estima Blanco.
“Con la obsesión por la acumulación de
audiencia y popularidad, la gente puede perder el foco”, dice un profesional
Hace apenas doce días, una
persona que dirige una firma de marketing y publicidad experimentó crecimientos
espectaculares en el número de seguidores de su cuenta de Twitter. Ganó más de
10.000 seguidores en un día; 13.000 más al día siguiente. En tan solo 48 horas
registraba un incremento de seguidores de unos 49.000 a unos 72.000. En el
perfil de esta persona que tuitea en español brotaron de pronto una legión de
seguidores canadienses, francófonos y angloparlantes. Buena parte del escuadrón
de canadienses no tenía ni un solo tuit en su cuenta. Y muchos tenían los
mismos seguidores (pocos; en muchos casos, ocho, casi siempre los mismos) y
seguían a las mismas personas (en múltiples casos, 237). Los tres expertos
consultados por este periódico señalan que el comportamiento de esta cuenta
obedece al patrón del clásico caso de compra de seguidores.
Este modo de fraude empezó hace
unos cuatro años, señala Antonio Delgado, periodista, tuitero de pro y
estudioso de las redes sociales. Por aquel entonces, los seguidores que el
comprador incorporaba a su cuenta eran, en su mayoría, legiones de huevos. Es
decir, seguidores sin foto, ilustrados por un huevo, y con un nombre fruto de
una combinación aleatoria de letras, explica Delgado. La oferta se ha ido
refinando con el paso del tiempo. Ahora las empresas ofrecen seguidores con
foto, con biografías —el pequeño espacio en el que el tuitero se presenta— más
trabajadas. Incluso se ofrecen seguidores de zonas geográficas concretas o que hablan
un idioma en particular.
“Cada vez recibimos más
propuestas de compra de fans”, afirma Ramón Azofra, director general de I’move,
agencia digital fundada en 2008. “Es un fenómeno que cada vez está más
organizado y estructurado. Esta práctica es un fraude, constituye un desastre
para las marcas: cuando tratas con piratas, el resultado nunca es bueno”.
Las empresas que ofrecen
seguidores se dirigen en muchas ocasiones a las agencias de marketing digital,
que son las que tienen que presentar resultados ante las marcas que las
contratan. “Cuando existe una obsesión por la acumulación de audiencia y
popularidad”, argumenta Azofra, “la gente puede perder el foco de la
recomendación y olvida que lo importante es la influencia y la reputación”.
Como señalan todos los directores de agencias digitales consultados, lo
importante no es el número de seguidores, sino la calidad de estos, su nivel de
compromiso con la marca, de participación en las acciones y en la conversación.
¿De qué sirve tener miles de perfiles falsos a los que no se puede recomendar
nada, que no responden a ninguna acción? A pesar de todo, la presión de las
marcas sobre las agencias, en ocasiones, es tan fuerte que algunos optan por la
vía fácil. “Las agencias serias no lo hacen, pero hay otras en las que alguien,
por justificar su puesto o conservar su trabajo, cae”, dice Azofra. La práctica
aún se mantiene vigente, sostiene. “Observo marcas que generan crecimientos de
2.000 fans al día, esto se sigue produciendo”.
En las cloacas del ‘marketing’
también se lleva el ‘astroturfing’, contaminar la imagen de otra marca
Las empresas que ofrecen fans y
seguidores suelen usar robots, programas informáticos que generan perfiles
falsos. “Hay plataformas en países como Filipinas que funcionan como si fueran
un call center”, explica Juan Luis Polo, coautor del libro #socialholic, en el
que se analiza el marketing en redes sociales.
Las metodologías son variadas.
En la mayor parte de los casos se utilizan robots. Las empresas montan las
llamadas granjas de perfiles falsos, granjas de huevos. Esos perfiles pasan a
ser manejados por unos robots que les asignan funciones.
Polo, que dirige la agencia
Territorio Creativo, cuenta que se ha encontrado con profesionales del sector
que le contaron cómo funcionan las agencias tramposas. “Una persona me contó
cómo en una de las agencias en la que trabajó le encomendaron la labor de
construir perfiles falsos durante 15 días seguidos”. Algunas encomiendan a los
becarios que mantengan decenas de perfiles falsos para que estén vivos y actúen
en las redes. Polo relata que uno de sus alumnos de marketing se dedicaba a
crear su propia granja de perfiles falsos para hacerlos crecer poco a poco.
Ramón Azofra, de I’move, confirma estas impresiones: “Hay gente que construye
granjas de fans y las vende”.
Un profesional del sector que
prefiere no identificarse cuenta que hace dos años hizo el experimento de darse
de alta y solicitar una compra de seguidores para saber cómo funcionaban las
empresas que ofrecen fans. Creó un perfil de Twitter falso y contrató con una
empresa australiana la compra de 1.000 seguidores por 50 dólares (38 euros).
La mecánica, en casos como
este, es la siguiente, explica el directivo: el comprador facilita el usuario y
contraseña de su cuenta de Twitter; la empresa asigna a la cuenta un robot
—programa informático— cuya tarea es ponerse a seguir a 1.000 personas cuya
biografía —las líneas en las que cada usuario se presenta— contengan una
palabra determinada; de esos 1.000 seguimientos lanzados a personas reales, un
porcentaje contesta convirtiéndose en seguidor: es lo que se llama follow back,
es decir, tú me sigues, yo te sigo, normas de cortesía de la Red. El robot, al
cabo de un tiempo, da de baja a todas aquellas cuentas que no han devuelto el
seguimiento, y lanza una nueva operación sobre otras 1.000 cuentas. Este
profesional comprobó que el sistema funciona: consiguió 1.000 seguidores en 10
días. Fue hace dos años.
Ahora los hay que ofrecen
seguidores al instante. Y cada vez más baratos: una página que se presenta como
mercadillo de servicios contiene ofertas como las siguientes: por 10 euros,
1.000 usuarios nuevos de Facebook; por 100 euros, 10.000 fans de Facebook “100%
reales y que hablan en español”; en un plazo de entre 5 y 12 días.
También se pueden comprar tuits
que realizan usuarios que cuentan con millones de seguidores. Esas cuentas
generan un alto porcentaje de retuits —reenvío de mensajes—, lo que permite
construir un trending topic —tema más popular del momento— con relativa
facilidad, explica Antonio Delgado: “Los trending topics están sobrevalorados:
no significan, ni mucho menos, que toda la Red esté hablando en ese momento de
algo”. Hay franjas horarias en las que conseguir un trending topic cuesta mucho
menos que en otras: por ejemplo, cuando los norteamericanos duermen.
Las compras de seguidores o
fans se suelen hacer por paquetes. Pero hay empresas que ya, a las claras,
ofrecen 10 céntimos a quien se haga fan de una determinada marca. Algunas
agencias digitales recurren a estas artimañas sin saberlo la marca que las
contrata. Este periódico se puso el jueves pasado en contacto con la empresa Iberocruceros
al encontrar en la Red una página que ofrecía 10 céntimos de euro a quien se
hiciera fan. “Iberocruceros dice que desconocían completamente la existencia
del anuncio, que no lo han promovido ellos y que en breve desaparecerá”,
comunicó una portavoz de prensa de la firma.
En las cloacas del marketing
digital también se lleva el astroturfing, que consiste en contaminar la imagen
de otra marca promoviendo comentarios desfavorables. Se suele hacer desde
granjas de perfiles falsos. Un profesional del sector cuenta que en España
existe un caso reciente en el que una agencia que representaba a una marca de
bebidas descubrió cómo otra estaba lanzando ataques de comentarios negativos
contra una competidora desde perfiles falsos.
Este periódico se puso en
contacto con Facebook y Twitter para recabar su opinión sobre estos fenómenos y
conocer las políticas que llevan a cabo si descubren prácticas fraudulentas o
crecimientos inusuales en alguna cuenta. No hubo respuesta.
“España no es el país en el que
más se dan estas prácticas”, apunta Fermín Álvarez, director de la agencia
Social Noise. “Hay países como Turquía, Italia, Reino Unido o India donde son
aún más comunes”.
La preocupación en el sector
del marketing digital ha conducido a la creación esta misma semana de una
plataforma, Adsocial, que pretende, entre otras cosas, implantar un código
deontológico que evite fenómenos como la compra de seguidores. IAB, asociación
que representa al sector de la publicidad en medios digitales, también trabaja
en estos días en un código de buenas prácticas.
