Entre lo viejo, lo nuevo y otros cuentos.
Reflexiones en respuesta a Gabriel Salazar[1]
Por Camila Vallejo
21/06/12
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| Camila Vallejo |
El
2011 se logró recuperar la política de su secuestro institucional que le ha
impuesto el neoliberalismo y re significarla como opción legítima de los
movimientos sociales. Hoy nadie puede dudar que el movimiento estudiantil y
social ha sido profundamente político y ha logrado, por primera vez desde el
retorno de la democracia, instalar con fuerza la conciencia sobre las
perversidades del modelo neoliberal, mercantilizador de la vida y lo espurio de
una institucionalidad política que requiere con urgencia ser superada.
En relación a las últimas declaraciones y
entrevistas realizadas por el Premio Nacional de Historia profesor Gabriel
Salazar, quisiera comentar algunas cosas:
Primero que todo, mi más sincero respeto a la
larga trayectoria del profesor y su trabajo como historiador, cuya rigurosidad
investigativa y aporte al país no pongo en duda. Sin embargo, dicha
consideración no disminuye mi incomodidad ante comentarios que poseen un claro
sesgo machista cuando se refiere a mi persona así como descalificaciones a la
profesión de los geógrafos, insinuando que es una carrera menos reflexiva o muy
acotada, cosa que no comparto en lo absoluto.
Me parece positivo que el debate ponga sobre la
mesa cuestiones fundamentales a discutir en este momento histórico como el rol
de los movimientos sociales, la relación del Partido Comunista de Chile (y de
los partidos de izquierda en general) con esos movimientos, el papel de la
juventud comunista al interior del partido, la disputa (o no) del poder
político en la esfera institucional, el cambio en la institucionalidad misma y
la vetusta discusión sobre la “vieja” y la “nueva” forma de hacer política.
Cosas ante las cuales quisiera yo también hacer una reflexión.
Sin duda alguna que uno de los principales
logros del movimiento del 2011 fue la capacidad de hacer volver la política a
las calles, los hogares, los liceos, las universidades, las plazas públicas,
los lugares de trabajo. El 2011 se logró recuperar la política de su secuestro
institucional que le ha impuesto el neoliberalismo y re significarla como
opción legítima de los movimientos sociales. Hoy nadie puede dudar que el
movimiento estudiantil y social ha sido profundamente político y ha logrado,
por primera vez desde el retorno de la democracia, instalar con fuerza la
conciencia sobre las perversidades del modelo neoliberal, mercantilizador de la
vida y lo espurio de una institucionalidad política que requiere con urgencia
ser superada.
Esto queda más que demostrado en el rechazo
generalizado al lucro en la educación y también en otros aspectos de la vida
social como la salud o la previsión; en cómo ha quedado en evidencia un modelo
económico que genera crecimiento empobrecedor dado su patrón acumulativo y
abusivo; y en la muestra de los impedimentos que esta institucionalidad,
sumamente presidencialista y con un parlamento binominalizado, genera para los
posibles avances en las reivindicaciones del movimiento social.
La crisis de representatividad del sistema
político se debe a que ya por más de tres décadas no ha sido capaz de dar
respuestas a las necesidades del mundo social, debido al eterno privilegio de
resguardar los intereses de los grandes empresarios nacionales y trasnacionales.
A su vez, el duro cuestionamiento a los partidos políticos del sistema es por
haber mantenido y utilizado esa institucionalidad política para privilegiar a
ciertos sectores y beneficiarse de paso, del modelo neoliberal y sus “bondades”
económicas.
Si logramos comprender bien el cuestionamiento
que hacen la ciudadanía y el movimiento social, éste no es a la
institucionalidad o a los partidos políticos per sé, por el mero hecho de ser
institucionalidad, sino a una institucionalidad antidemocrática y profundamente
neoliberal sustentada por partidos, o más bien coaliciones, que han sido
funcionales al mantenimiento y profundización del modelo heredado de la
dictadura.
Esto queda claro cuando constatamos que
numerosos sectores del movimiento estudiantil están trabajando por constituirse
como partido; que muchos jóvenes entran a militar en las filas de las
juventudes comunistas o de otras juventudes políticas; e inclusive, que muchos
jóvenes y dirigentes de asambleas ciudadanas se levantan como candidatos a concejales
o alcaldes, desde distintas trincheras políticas, para cambiar las reglas del
juego dentro del poder institucional local. Caracterizar en un conjunto
homogéneo apartidista y meramente asambleísta al movimiento social (asambleísmo
que, como fin en sí mismo, cae muchas veces en prácticas antidemocráticas), es
de sumo equivocado e irresponsable, así como lo es también el reduccionismo de
que lo joven es puro y bueno y lo viejo es sucio y corrupto.
En este movimiento de construcción histórica no
sólo han participado activamente jóvenes y no tan jóvenes con convicciones,
sino también independientes y militantes de partidos y colectivos de izquierda
que no necesariamente se organizan bajo una estructura meramente horizontal.
Por lo mismo, señalar que el movimiento debe prácticamente “limpiarse” de sus
militancias y abandonar la “vieja” política es, además de un discurso agotado
de larga data histórica en los debates del mundo social, pretender eliminar una
parte importante del mismo movimiento social. Dicho discurso desvalora el
importante trabajo que miles de jóvenes militantes de la jota y de otras
agrupaciones políticas de izquierda han venido realizando durante muchos años
por el movimiento social, instándolo a debatir, politizándolo.
Soy una convencida de que la democracia es el
gobierno del pueblo. Creo importante superar esa visión de que todo es blanco o
negro, de que o se trabaja fuera de la institucionalidad política o se trabaja
dentro de ella. Si queremos radicalizar nuestra democracia y construir real
soberanía política y económica, no podemos simplemente fortalecer al movimiento
social de espaldas o al margen de la institucionalidad política a la que el
profesor llama mañosamente "clase" política, porque esa
institucionalidad intacta seguirá operando sin nosotros y contra nosotros
gracias a que le hemos delegado esa responsabilidad por omisión. La
"clase" política de la que tanto hablan algunos, no es más que un
espacio en disputa entre distintos segmentos de clase.
Construir movimiento social sin irrumpir en la
esfera política esperando pasivamente que tengamos las condiciones suficientes
para hacer la revolución, es a lo menos una irresponsabilidad de quienes de
pueden esperar desde una cómoda posición e intervenir intelectualmente de vez
en cuando. Si de manera exclusiva aplicamos hoy esa vieja receta -construir
desde la marginalidad y en la marginalidad - se nos pueden pasar muchos años,
en los cuales unos pocos seguirán apropiándose de riquezas que le pertenecen a
todos. La crisis de la salud pública y la educación pública requieren actuar
con cierta inmediatez y no en décadas más. Aquí nadie quiere caer en la
impaciencia, pero debemos tener un sentido de urgencia que nos haga avanzar con
paso firme pero rápido, porque se requieren soluciones ahora.
Lo que el movimiento social necesita para hacer
los cambios es presionar y construir desde dentro y desde fuera de la
institucionalidad política, en un proceso dialéctico. Un movimiento social debe
irrumpir en la esfera política para superarla, no para administrarla. No
debemos permitir que sigan siendo los mismos los que nos “representen” y que
sean los mismos a quienes todos los años debamos ir a exigirles los cambios que
sabemos que no harán, porque están diametralmente en desacuerdo con nuestros planteamientos.
Lo que necesitamos para profundizar nuestra
democracia en base a lo que ha venido señalando el movimiento social, desde
Arica a Magallanes, es una gran alianza social y política, no para que los
partidos representen simplemente a los movimientos sociales, sino para que les
permitan participar directamente en la esfera del poder. Una alianza que
resguarde la independencia y la autonomía de los movimientos sociales, pero que
posibilite la construcción y aplicación conjunta de un programa de transformación
social.
Por último, quisiera aclararle al profesor
Salazar que los jóvenes comunistas no militamos para ser manipulados o
“utilizados” para los fines de los “viejos” del partido. Los jóvenes comunistas
militamos porque tenemos la clara convicción de que Chile necesita profundas
transformaciones y que aquellas transformaciones debe hacerlas el ser humano a
través de la organización y la acción colectiva. Entendemos a nuestro partido
como una parte activa del pueblo chileno y no como un ente externo a él. Por
eso en estos 100 años de historia hemos sido y seguiremos siendo parte vital de
los movimientos sociales y del pueblo organizado más allá de lo coyuntural.
Nunca hemos necesitado dejar nuestra militancia para trabajar codo a codo con
los movimientos sociales y el actual escenario político tampoco nos llama a eso
sino a todo lo contrario: fortalecer aún más nuestro debate al interior del
partido, hacerlo más dinámico, poniendo más convicción y energía al esfuerzo
que día a día desarrollamos para construir un mejor Chile para todos y para
todas.
