La batalla que Argentina sí ganó[1]
Por Francisco Peregil
25/04/12
A lo largo de su andadura como presidente de
Repsol, Antonio Brufau ha negociado con líderes mundiales en situaciones un
tanto peculiares. Muamar el Gadafi lo atendió varias veces en su jaima de
Trípoli mientras en la puerta ordeñaban las cabras y pastoreaban los camellos;
el boliviano Evo Morales lo recibió a las cinco de la mañana en La Paz; con el
presidente Hugo Chávez departió mientras el mandatario venezolano conducía un
Mercedes desde la Gran Vía de Madrid hasta el aeropuerto de Barajas, y Fidel Castro
le concedió audiencia a las dos de la madrugada en La Habana.
En la Casa Rosada, sede del Gobierno argentino,
Brufau tuvo que esperar a veces varias horas para acceder al despacho
presidencial. Pero cuando llegaba acompañado de Sebastián Eskenazi, el hombre
al que vendió el 25% de Repsol-YPF cuando Néstor Kirchner le obligó a
argentinizar la compañía, no esperaba ni un minuto. Eskenazi era íntimo amigo
de los Kirchner. Néstor y Cristina vieron con muy buenos ojos en 2008 que los
Eskenazi pagaran solo el 10% de las acciones que compraron. Para el resto,
pedirían créditos. ¿Y cómo pensaban los Eskenazi pagar los créditos? Con el
dinero que les abonase la empresa en el reparto de dividendos. “Así me compro
yo también la Coca-Cola”, dijo esta semana el periodista argentino Jorge
Lanata. La operación le pareció un tanto extraña entonces a algunos analistas
argentinos, y les sigue pareciendo extraña. Pero entonces, casi todo el mundo
parecía contento: Brufau, los Kirchner y, por supuesto, los Eskenazi.
Brufau trabó relaciones muy fluidas con el
ministro de Planificación, Julio de Vido, responsable de la política energética
del país en los últimos nueve años. El presidente de Repsol conocía bien a la
gente que era necesario conocer bien: los empresarios, los periodistas más
influyentes, los gobernadores de las provincias petroleras, los consultores de
energía más prestigiosos… Y cuando murió Néstor Kirchner, en 2010, no perdió la
brújula en los laberínticos pasillos del poder peronista. Unos ministros
llegaban, otros se iban, pero Julio de Vido seguía ahí. Y los Eskenazi continuaban
manteniendo buenas relaciones con la presidenta. Hasta el año pasado, ella
elogiaba su gestión empresarial en público y lo trataba de Antonio ante las
cámaras.
De pronto, a principios de diciembre de 2011,
todo lo que era blanco se volvió negro. De Vido empezó a pedir que la empresa
invirtiera más en explorar y producir petróleo. De Vido había acudido con su
esposa en varias ocasiones a la casa porteña de Brufau. Pero el trato se enfrió
de pronto. El fino olfato de Brufau no tuvo que esmerarse mucho para darse
cuenta de que las cosas estaban cambiando. Las cuentas no cuadraban en el país.
El año pasado Argentina tuvo que importar hidrocarburos por valor de 10.000
millones de dólares (7.500 millones de euros), y para este año se prevé que
sean por lo menos 9.000 millones. ¿Responsable? Repsol-YPF, que solo representa
un tercio de la producción en Argentina. ¿Por qué nunca denunció De Vido esa
situación y el representante en la dirección de YPF por parte del Estado,
Roberto Baratta, vino aprobando todas las decisiones del directorio durante los
últimos años? La situación recordaba demasiado a la escena de Casablanca en la
que el oficial francés que solía jugar en el casino cierra el local porque de
pronto descubre que ahí se juega.
Repsol aportó cifras en las que mostraba que en
2001 tenía 8.867 empleados directos y el año pasado 16.048. Enseñó cuadros con
datos del propio Gobierno en los que se veía cómo el año 1999, cuando compró
YPF, invirtió 1.000 millones de dólares, y desde entonces había venido
aumentando la cifra casi todos los años hasta los 2.990 millones de 2011. Para
2012 prometía 3.500 millones de dólares. Pero sus interlocutores decían que eso
no era suficiente, que había descendido mucho su producción. Antonio Brufau
viajó varias veces desde Madrid a Buenos Aires para explicar que la mayoría de
los pozos eran maduros, es decir, muy explotados y con pocas reservas.
De Vido, responsable de la política energética
de los últimos años, debía saberlo. Pero de pronto, el interlocutor válido ya
no era De Vido. Ahora se presentaba a las reuniones un hombre de 41 años y
patillas de hacha, vestido sin corbata, que nunca antes había puesto un pie en
el complejo mundo de la industria petrolera. Se trataba de Axel Kicillof, el
viceministro de Economía. Su discurso estaba en las antípodas de lo que Brufau
representaba, pero era amigo de Máximo Kirchner, hijo de la presidenta. Y,
sobre todo, era el hombre a quien la presidenta parecía escuchar. Brufau creía
que Kicillof estaba preparando un borrador para expropiarle. Quería negociar
directamente con la presidenta, pero ella no le atendía. Los gobernadores
petroleros empezaron a revertir áreas de explotación y Repsol-YPF fue perdiendo
valor en Wall Street.
Finalmente, el lunes 16 de abril, después de
cuatro meses de acoso y derribo, Cristina Fernández anunció la expropiación de
YPF. No había que encargar muchas encuestas para darse cuenta de que nueve de
cada diez argentinos se mostrarían favorables a la medida. En España no hay
ninguna empresa que se pueda comparar ni remotamente con YPF en cuanto a la
carga identitaria y sentimental que esa marca representa para los argentinos.
YPF fue la primera explotación estatal petrolera del mundo. Estuvo presente en
la mitad de los 200 años de vida que tiene el país y representa la nostalgia de
la soberanía energética perdida, de todo lo que se podía haber sido y no se es.
Ante esos sentimientos, poco podían hacer las
cifras de Brufau. El presidente de Repsol insistía en que la empresa solo
representaba un tercio de la producción y se la estaba discriminando. Pero
Kicillof la responsabilizó del 71% de la caída en la producción del petróleo en
el último año y del 70% en la producción de gas.
Al día siguiente de la expropiación, Kicillof
expuso el proyecto de ley, durante dos horas y media ante todos los senadores
de Argentina. No faltaron en su discurso menciones a España y a elefantes.
También a cerdos. “Los llamados PIGS. PIGS es el nombre con el que bautizó el
stablishment económico… pigs, ¡cerdos!, a algunas economías europeas como
Portugal, Italia, Grecia, España. Pigs, hay peipers [papers, documentos] de
grandes economistas llamándolos cerdos. Le pido a España que recupere la
dignidad en este sentido, que mire lo que le están recomendando la derecha y
los guitarristas de libre mercado. ¡Y cómo los llaman! Después de haber
cumplido con esas recetas tienen grandes problemas económicos. Pero los grandes
problemas económicos no es ese default de la deuda externa en el que iba a caer
Grecia exclusivamente. Los problemas económicos que mira este Gobierno y que no
están en los libros de texto son el desempleo, el nivel salarial, el nivel de
las jubilaciones, el bienestar de la gente. Esos son los problemas, los grandes
y gravísimos problemas económicos. No lo que hace el Estado argentino con una
empresa… ¡argentina!”.
Con un evidente dominio de la oratoria, Kicillof
escenificó lo que ya se venía comentando en Argentina. La Cámpora, la
asociación juvenil que lidera Máximo Kirchner, se estaba afianzando en el
poder. De Vido había sido nombrado interventor de YPF, pero Kicillof será su
director adjunto y jugará un papel clave en el sector energético. De entrada,
ya advirtió que los empresarios como Brufau no tienen nada que enseñarle.
“Cuando se trata de empresarios extranjeros, ¿qué van a saber de lo que estamos
haciendo acá? ¿Qué van a creer, en que estamos convencidos de lo que estamos
haciendo y que lo estamos llevando por una senda responsable y que ha dado
frutos completamente distintos de lo que está ocurriendo en situaciones de
países europeos como la propia España? Que nosotros ya hemos probado el gusto
amargo de ajuste. Y ya sabemos que cuando hay una profunda crisis, lo peor que
se puede hacer es pensar que el Estado es malo, que el Estado es el problema.
El Estado es la solución. Y lo hemos visto en la Argentina. No estoy dándole
consejos a España. Simplemente digo que cuando hay recesión y crisis el Estado
se vuelve en un actor clave para revitalizar la demanda y la producción.
Entonces, el ajuste del poder adquisitivo de los jubilados lo hemos vivido
nosotros. (…) ¿Cómo vamos a retirar al Estado de funciones vitales? Estos
empresarios como Brufau, ¿qué va a entender lo que estamos haciendo, cuando
está pensando en la expansión trasnacional de un grupo que lo ha hecho en buena
medida a expensas de los dividendos girados por nuestra compañía petrolera?”.
Un analista argentino subraya el atractivo de la
figura de Kicillof. “Seguramente, en España, con la crisis que atraviesa, esas
palabras contra los excesos del libre mercado pueden resultar muy atractivas. Y
como personaje literario es muy interesante: un profesor de economía de aspecto
juvenil que le planta cara al gigante de Repsol y habla más de dos horas en el
Senado con el dedo índice levantado. Pero ese señor va a estar al frente de
YPF. A los españoles les puede resultar muy simpático y atractivo un personaje
así. Pero seguro que no querrían tenerlo al frente de Repsol”.
Algunos analistas se muestran apesadumbrados por
la decisión de expropiar. Creen que una vez más Argentina ha vivido un
sentimiento malvinero de euforia nacional colectiva que terminará pagando caro.
Pero esas voces son muy escasas. Mientras arreciaban el viernes los mensajes de
reprobación internacional de la Unión Europea y de EEUU, Cristina Fernández de
Kirchner seguía envolviéndose en los grandes sentimientos de la bandera de
Argentina. En su cuenta de Twitter, con un millón de seguidores, se pudo leer:
“Desde allá, desde Casa Rosada, miramos al país de frente, hacia el Norte, el
Sur, el Centro, toda esa inmensa geografía que estaba esperando”. Y después:
“Quiero agradecer porque es hora de que la Argentina inicie una etapa
diferente, de grandeza, donde los que están en la oposición también apoyen”. En
efecto, casi toda la oposición en pleno apoyó la medida en el Senado. Hasta uno
de los hombres más defenestrados del país, el senador peronista Carlos Menem,
que fue quien privatizó YPF votó a favor de la expropiación.
“La gente siente que recuperó algo que le
pertenece”, señala Víctor Bronstein, director del centro de Estudios de
Energía, Política y Sociedad. “Es un sentimiento popular y hay que respetarlo.
Ahora queda por saber si la empresa estatal puede hacerse cargo del problema.
Yo creo que contamina el funcionamiento de la empresa el hecho de que las
provincias tengan poder en el directorio. La presidenta compara a Petrobras
como empresa mixta que funciona bien. Pero en Brasil, donde los Estados tienen
más autonomía que en Argentina, los recursos de petróleo y gas pertenecen a la
nación, no se negocian con las provincias, no tiene sentido”.
Bronstein cree que la crítica que se le hace a
Repsol en cuanto a que decidió invertir más en producir que en explorar es
relativa, porque va en contra de los propios intereses de la compañía. “Toda
empresa petrolera sabe que tiene que mantener un nivel de reserva, porque si no
se le acaba el negocio”. Sin embargo, Bronstein cree que Repsol decidió
explorar menos porque priorizó inversiones internacionales. “Solo actuó cuando
le apretaron el zapato. Y ya era demasiado tarde”.
Jorge Lapeña, secretario de Energía de Raúl
Alfonsín (1983-1989), también coincide en que “faltó exploración”. Pero no
culpa tanto a la empresa como al Gobierno que lo toleró. “Todas las empresas
privadas exploran menos pozos en Argentina que la mitad de lo que exploraba la
YPF estatal ella sola en la década de los ochenta. El Estado ha fracasado como
fiscalizador y planificador”, señala. El antiguo secretario de Alfonsín es una
de las pocas voces que se han pronunciado en Argentina contra las formas en que
las provincias quitaron concesiones a YPF: “Creo que se tenía que haber hecho
una auditoría integral de todos los permisos de exploración y concesiones de
todas las empresas”.
En cuanto, a la forma sincronizada en que se
ejecutó la expropiación, obligando a los directivos de Repsol-YPF a desalojar
la empresa en el mismo momento en que la presidenta anunciaba el proyecto de
ley, Kicillof aportó sus razones: había que descubrir los secretos mejor
guardados de la empresa. No había nada personal. Solo negocios.
[1]Fuente:http://economia.elpais.com/economia/2012/04/20/actualidad/1334953475_769034.html.
Revisado: 23/04/12.
