Rafael Correa un paradigma
por Winston Orrillo
11/03/12[1]
Me gustaba poner como ejemplo de mi simpatía por
el presidente Rafael Correa, el hecho de que me pareció, siempre, paradigmático
su gesto de mandar, al tacho de basura, al TLC. Esto lo he repetido muchas
veces, incluso a diplomáticos de ese país en el mío, y nada.
Claro que nada, porque el Perú se prosternó,
obsecuentemente, ante ese especioso instrumento legal cuyas deletéreas
condiciones nadie, hoy en día, puede ignorar.
Además, estaba la actitud del joven presidente
de mandar de vuelta a los gringos y que se vayan con su base militar a una
patria que se prosterne, pero no a la suya, cuya imagen iba creciendo “como
crece la sombra cuando el sol declina” para citar a un poeta familiar.
Y respecto a la muerte, me gusta citar el verso
de nuestro entrañable vate Alejandro Romualdo: “Y no podrán matarlo…”.
Se refería él, claro está, a José Gabriel
Condorcanqui, Túpac Amaru II, pero analógicamente el gran bardo hacía extensiva
la imagen a la lucha impertérrita del hombre por su libertad, por su
independencia (el rebelde grito de nuestro prócer fue el primero que se alzó
contra el colonialismo español, en la América morena).
Y ahora, Rafael Correa pone el pecho a los
vermiformes “rebeldes” policíacos que, con un pretexto baladí, arremetieron
contra su autoridad constitucional, lo agredieron, precisamente cuando él tuvo
el valor de dar la cara e ir a explicar la posición del Gobierno frente a
reclamos espurios, formulados por los policías, a los cuales, según palabras
del Primer Mandatario, ningún otro Régimen había tratado con mayor deferencia.
Pone el pecho Rafael Correa, consciente de su
inmortalidad y de que la causa de la justicia social de su revolución
ciudadana, no podrá dar marcha atrás. Por eso él dijo, con palabras de conocido
resabio ya histórico, “Hasta la victoria, siempre”.
Porque la muerte -o la prisión- no son sino,
parafraseando a nuestro penate, José Carlos Mariátegui, un “accidente de
trabajo”.
Y porque nadie que conozca a medias lo que
sucede en los predios del acontecer de hogaño podrá creer que muertos están
Martí, Mariátegui, el Che, Ho Chi Minh, Agostino Neto o ese otro Presidente
valeroso y paradigmático, el querido Salvado Allende.
En esta lista incompleta se puede situar la conducta
del Presidente Rafael Correa, al enfrentar a los seudo rebeldes del Regimiento
de Quito, policías o matarifes inquietos porque se les habría recortado
privilegios y/o prebendas que, en su lugar, se han convertido en un enjundioso
aumento de sueldos, nunca antes asignado al cuerpo policial.
Pero todo esto no era sino un pretexto: la madre
del cordero se hallaba en ese nada zahorí malestar de la oligarquía
ecuatoriana, sabedora -¡cómo no!- de que, al frente del palacio de Carondelet
tenían no al acostumbrado y obsecuente mandatario de pacotilla, fámulo del
imperio de Wáshington, sino a un joven dirigente nacional, convencido de la
justicia de la causa popular, y adherido al concepto de que esta gran humanidad
ha dicho ¡basta! y su marcha de gigante no se detendrá sino hasta conseguir su
Segunda y definitiva Independencia (paráfrasis de la Declaración de la Habana).
Según la inteligente tesis del admirado
periodista Atilio Borón, tres fueron los factores que determinaron esta
victoria de la Revolución Ecuatoriana (ya habría que irla llamando por su
nombre). Primero: la movilización popular interna. Segundo: la solidaridad
internacional. Y tercero la valentía del Presidente Correa. todo lo cual
determinó el aislamiento de los sediciosos, lo que debilitó su fuerza y
facilitó la operación de rescate, efectuada por un cuerpo de elite del ejército
ecuatoriano.
Me interesa sobre todo subrayar la valentía del
joven y pugnaz Presidente Correa. Y, por antítesis, recordamos a un vermiforme
que, con el título apócrifo de “presidente” gobernara nuestro país (ahora está
preso pero la derecha fascista peruana cabildea para lograr su “libertad”
mediante el brulote del lanzamiento a la Primera Magistratura de su hija, cuyo leit motiv para tentar la presidencia es
la liberación de su delincuente progenitor). Bueno, pues el mencionado
presidiario, apenas se enteró que había movimiento de tropas contra él, corrió,
como una rata asustada a refugiarse en la Embajada de su real país: Japón.
Y hay otro que huyó por los techos y acabó con
residencia en París, a la espera de que sus reales delitos prescribieran…En
fin, la antítesis de un Allende que, rifle en mano (que es como diría Cervantes
lanza en ristre) esperó al agresor tarifado por la ITT, que no podía permitir
que se conculquen sus “derechos”…de seguir esquilmando al pueblo de Chile.
Por eso son muy justas las palabras (poesía
popular, forma: decimas) de Y. Sánchez Cuéllar que dicen:
“Al
presidente Correa
los
humildes lo prefieren.
Por eso los
ricos quieren
derribarlo
como sea.
Ayer libró
una pelea
contra el
motin preparado
de modo
cruel, despiadado
desde el
puesto policial
y cuya
intención final
buscaba un
golpe de Estado.
Pero el
pueblo respondió
y dijo
¡Correa es nuestro!
De esa
manera el secuestro
solo unas
horas duró”
¿Dicen que vox populi es vox Dei?
En este, como en otros casos, tiene razón el
aforismo.
Lo demás viene por añadidura
La reunión de UNASUR de dos horas y media con
sus siete puntos de apoyo al heroico y paradigmático Presidente Correa, pero lo
que más me gustó, en ella, fue la presencia de ese hermano mayor suyo -la
verdadera bête noir para la derecha fascista y mediática internacional.
Me refiero al querido Presidente de la República
Bolivariana de Venezuela, comandante Hugo Chávez, quien no pudo con su genio
(que es el nuestro) y urgió a USA a no meter sus viejas manos imperiales en
nuestro Continente.
Digno colofón de un cónclave que tiene mucho de
florilegio diplomático y que algunos presidentes (son conocidos los nombres y
no queremos manchar esta nota de panegírico del admirado y admirable Rafael
Correa): algunos, y esto no escapa a nadie han tenido que subirse al carro de
la defensa de la “democracia” cuando en sus países ejercen, con el celestinaje
de la OEA y de Wáshington verdaderas satrapías, en nombre del statu quo y del
neoliberalismo todavía existente.

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