domingo, 20 de mayo de 2012

                                            La cultura del entretenimiento[1]

Por César Hildebrandt

20/05/12

César Hildebrandt
En el ultimo libro de Mario Vargas Llosa se escribe, desde el horror, la partida de defunción de una autoridad que la ilustración había inventado con éxito y que los siglos XIX y XX habían consagrado con vehemencia: la del intelectual a lo Julien Benda, la del hechicero cultural que podía orientar a los pueblos, dictar los referentes del buen gusto, decidir que eran los cánones. Y en nombre de todas esas atribuciones, por lo tanto, expulsar de los paraísos de la fama a quienes propusieran lo temerario y lo impropio. Esos intelectuales, reunidos en corporación, hicieron las academias, que fueron como el tribunal de La Haya de las Artes y las Ciencias.

La tensión entre esos censores y el progreso fue crónica. Y la derrota de “lo académico” permitió, felizmente, que Gaudin o Van Gogh, Braque o Pissarro, Picassi Mirò, Degas o Modigliani impusieran sus audacias del mismo modo que antes, cuando las cortes y las iglesias oficiaban de árbitros del arte, hubo quienes, con mayor o menor sutileza, eludieron esa vigilancia y pintaron cuadros decididamente paganos y bellos.

Las revueltas de ayer devinieron los clasismos de mañana. Y los impresionistas, asimilados al sistema, tuvieron que ver a los posimpresionistas, con Cézanne a la cabeza, adoptar el papel de réprobos. Y todos ellos, juntos y revueltos, asistieron a las posterior insurrección triunfante de los expresionistas, los fauvistas, los precubistas, los cubistas y, más tarde, los que se propusieron patear todos los tableros y llegaron al expresionismo abstracto (hoy, según se sabe por documentos desclasificados, patrocinado curiosamente por una entidad intrínsecamente conservadora: la CIA).

¿Podría haber algo más allá del action painting de Pollock? Claro que sí. La ironía industrial-figurativa de los Warhol o los Hamilton fue la respuesta. El pop-art fue una burla pero también un punto de no retorno.

Y asì ha sido. Porque el arte, en general, es también un asunto de mercados, marchantes astutos, agentes literarios con gordas agendas telefónicas.

Y, además, el modelo económico y social que ha impuesto el mundo es aquel, precisamente, que le deja a las reglas de la oferta y de la demanda el veredicto final en torno a lo que debe triunfar en galerías y librerías.

De modo que a mí me sorprende que un apologista del liberalismo desensillado y al galope se queje ahora de que lo bello y lo feo sean lo mismo y que la gente común haya perdido la brújula para elegir lo correcto y lo “perdurable”. Pues de eso se trata el asunto en esta época en que el mercado es Dios y Smith (Adam, no el de los mormones) su profeta. Primero barbarizas a la gente (porque la cultura y la información pueden producir el tifus de la rebeldía) y luego le das lo que ella exija. Y allí están los cadáveres que pasan por esculturas, las caquitas que pasan por instalaciones, las sillas atadas que sólo son sillas atadas pero que quieren representar, de un modo ridículo, los limites de toso destino humano.

Pero allí están, sobre todo, el cine estúpido que Hollywood produce por toneladas y la televisión calamitosa que imita a Hollywood en pantalla aun más plana. Pero ese cine y esta televisión no hacen obedecer las reglas del sistema, ese que Vargas Llosa defiende a capa y espada y en el que hampa de todos los Murdoch decide qué se lee, qué se husmean, qué debe repetirse como loro, cuales son los temas prohibidos y a que menú de putas y de berlusconis nos debemos atener.

Querido Mario: lo que te espanta es lo que tu sistema ha producido. Lo que te asquea, con mucho de razón, es lo que el liberalismo en dosis equina chorrea como secreción. ¿O es que podemos aspirar a un arte “elevado” en un mundo donde cualquier Bush declara guerras apelando a mentiras y cualquier Netanyahu puede decidir si bombardea las instalaciones atómicas que irán no tiene y que Israel sí?

Por otra parte, en esos segmentos que tù desdeñas porque están en la jurisdicción de “la utopía arcaica” el arte popular sigue asombrándose con su fidelidad por los ancestros y por la modernización de sus técnicas.

De otro lado, ¿porqué todo lo nuevo, ha de ser feo? ¿No es el grafiti un aporte al “barroco apocalíptico” y a la necesidad de colorear el hormigón-tumba que aplasta a las ciudades? ¿Las íntimas procacidades de Eminem deberían expulsarlo de la música? Y si Mozart viviera, ¿serìa Dr. Dre o Amy Winehouse?

En resumen, no todo es farsa marquetera. Hay un arte rebelde que se niega a ser parte de las mafias encargadas de enaltecer lo banal. Bastaría con pasear algunas páginas virtuales dedicadas al arte digital para enterarse de que hay asomos de una nueva rebeldía que aspira a ser arte duradero. Y hay pintores de la periferia (no están ni  en Paris ni en Nueva York) que siguen en lo suyo a pesar del silencio critico que quisiera borrarlos del mapa. Lo banal, en todo caso, es la gotera del mundo soberbio y miserable que hoy manejan las corporaciones y que tú, querido y genial Mario, escudas con tus columnas y declaraciones.

Por último, Mario: si hay una civilización del espectáculo, como has señalado, hay también una cultura del entretenimiento. Y en ella tù has sido, involuntariamente muchas veces (quiero creer), protagonista contumaz.

Si los intelectuales han perdido el poder del que disfrutaban es poque, precisamente, han hecho todo lo posible por merecerse ese despojo. No les ha bastado apostar a ganador y dedicarse a apuntar el estado de cosas que a tantos millones condena al hambre y a la exclusión. Encima, han hecho e la vanidad un interminable álbum de fotos, un portafolio de la celebridad, un culto desenfrenado a la propia personalidad. Apartados de la discreción iconográfica de Camus cultivó, de la timidez que hizo grande a Cioran y del hermetismo deliciosamente interesante de un Salinger, ha habido intelectuales que jamás han rechazado una membresía, un homenaje, un honoris causa y hasta una medallita (por más que fuera el panista Felipe Calderón quien la colgara). Y que han demostrado amar como pocos a aquellas multitudes que luego tienen que zarandear por su nula capacidad – según ellos- de escoger bien en material de arte, literatura y comunicación. ¿O es que esas muchedumbres desorientadas no lo son tanto cuando son claque y auditorio vehemente de nuestros propios intereses?

Quien ha hecho de su vida pública, con todos los merecimientos del caso, un desfile de autoridad intelectual e investiduras debería pensar, con cierta delicadeza autocritica, si la justa satanización de lo banal no es un concepto que de algún modo le concierne.








[1] Fuente: Semanario Hildebrandt en sus trece. Lima-Perú: Plutón Editores S.A.C.  Año 3, número 106; del 11 al 17 de Mayo del 2012, pág.10-11.