Chile y la muerte de su
alma[1]
Por Carlos Ernesto Sánchez
07/05/12
Se respira violencia. La pantalla del televisor
es el vehículo para trasmitir vulgaridad bajo el amparo de la libertad y la
entretención. Y esto también es violencia.
Las imágenes exhibidas por la prensa donde
grupos de gente destruyen bienes privados y públicos en manifestaciones
convocadas por la Confech y por la Cut, dejan un sabor amargo, dolor, rabia e impotencia. ¿Qué está pasando
en Chile? La violencia se ha instalado en nuestra sociedad, y deja sentir su
garra destructiva en cada convocatoria a expresar públicamente nuestro
malestar. ¿Es tanta la frustración de estos jóvenes que dejan su secuela de
amargura destruyendo y sólo destruyendo?
Los cambios experimentado por nuestro país, un
consumismo llevado a límites de endiosar el mercado, vivir en eterno endeudamiento,
para ser premiado con más tarjetas de crédito y cancelar y volver a comprar, no
importa qué, sólo es importante adquirir, ha llevado a la muerte del alma de
Chile.
La dictadura no sólo asesinó cuerpos de
ciudadanos impregnados de sueños, hombres y mujeres comprometidos con el
colectivo, con sus dolores. Los soñadores y comprometidos vivieron a fondo un proyecto con el mérito de
la entrega generosa, buscando realizar la utopía posible de una sociedad más
justa.
Chile
es hoy un país chabacano, de mal gusto, ordinario. Basta destinar unas horas
sentado frente al televisor para sentir la bofetada repugnante de programas
televisivos como el Club de la Comedia, donde reina el mal gusto, la falta de
estética, hablar mal, los chistes burdos que enrojecen por falta de
creatividad. Interminables espacios, publicidad, y una gama de televidentes
intelectualmente minusválidos embelesados contemplan la mediocridad del
mencionado programa.
La dictadura asesinó a esos luchadores sociales
y levantó la sacrosanta individualidad. El rásquese cada uno con sus propias
uñas. Y la invasión de mal gusto llenó las vitrinas. La soledad del comprador
inducido por la propaganda, no preguntó nada sino que fue adquiriendo un reino
donde los valores permanentes no tienen cabida. Lo que humaniza queda a la vera
del camino. Ni la lectura ni el arte o el espíritu cultivado en el encuentro
con uno en meditación, tienen espacio.
Chile es hoy un país chabacano, de mal gusto,
ordinario. Basta destinar unas horas sentado frente al televisor para sentir la
bofetada repugnante de programas televisivos como el Club de la Comedia, donde
reina el mal gusto, la falta de estética, hablar mal, los chistes burdos que
enrojecen por falta de creatividad. Interminables espacios, publicidad, y una
gama de televidentes intelectualmente minusválidos embelesados contemplan la
mediocridad del mencionado programa.
Otro que ha sorprendido por su falta de
ubicación, preguntas y comentarios inapropiados, chistes de mala factura, y
poner cara de inteligente con resultado de bobo en pose de inteligente es Vasco
Moulian. Lástima que sus buenos análisis sobre programas de televisión no sean
autocríticos para mejorar su programa, que no es aporte en conversación con sus
invitados.
La televisión sin duda influye en crear este
ambiente de tontera generalizado, vulgaridad útil a un sistema que no busca
construir personas sino sujetos consumistas, incapaces de reflexionar,
voceadores de consignas trasnochadas, profesionales de las protestas y la
piedra cobarde que no respeta nada.
Chile vive una marginalidad disfrazada de
progreso. La escenografía bien instalada nos habla de grandes cifras,
carreteras, crecimiento, modernidad. Somos expertos en teclear celulares y
otros aparatos. Pero aquello no nos hace cultos ni más humanos.
Los grandes hombres y mujeres que han
trascendido y vencido la muerte como Clotario Blest y otros, son aquellos que
se cultivaron, y alejados del egoísmo se entregaron con frenesí a causas que
han significado grandes logros especialmente para los más sufrientes.
Muchos que hoy lamentan el grado de violencia
que se vive en Chile, tienen culpas que no han asumido. Algunos sectores no han
reconocido crímenes cometidos por la dictadura, ni menos el papel protagonizado
por ciertos actores políticos en dicho régimen. ¿Cómo hablar en contra de la
violencia si hasta hoy algunos sectores defienden a quienes cometieron aquellos
feroces crímenes? No hablemos de moral con un pasado que condena.
Es urgente volver a las raíces de nuestra
identidad. Reconocer lo que somos, nuestras carencias y fortalezas. No seguir
mintiendo en cuanto a ser lo que no somos. Se necesitan líderes que den
testimonio. Hombres que su palabra no sea verborrea sino respeto por el otro y
testimonio que nos haga seguir en pos de sus ideales.
A propósito de estas columnas, se puede leer
comentarios con descalificaciones personales. Insultos, bajezas y expresadas por aquellos que buscan crear
corrientes de opinión. Pequeños tiranos que destruyen descalificando a quien no
piensa como ellos.
Se respira violencia. La pantalla del televisor
es el vehículo para trasmitir vulgaridad bajo el amparo de la libertad y la
entretención. Y esto también es violencia.





