Por Atilio Borón[1]
En un día como hoy (14 de Marzo), hace 129 años,
moría plácidamente en Londres, a los 65 años de edad, Karl Marx. Corrió la
suerte de todos los grandes genios, siempre incomprendidos por la mediocridad
reinante y el pensamiento encadenado al poder y a las clases dominantes. Como
Copérnico, Galileo, Servet, Darwin, Einstein y Freud, para mencionar apenas
unos pocos, fue denostado, perseguido, humillado. Fue ridiculizado por enanos
intelectuales y burócratas académicos que no le llegaban ni a los tobillos, y por
políticos complacientes con los poderosos de turno a quienes le repugnaban sus
revolucionarias concepciones.
La academia se cuidó muy bien de sellar sus
puertas, y ni él ni su amigo y eminente colega, Friedrich Engels, jamás
accedieron a los claustros universitarios. Es más, Engels, de quien Marx dijera
que era “el hombre más culto de Europa” ni siquiera estudió en la universidad.
Sin embargo Marx y Engels produjeron una auténtica revolución copernicana en
las humanidades y las ciencias sociales: luego de ellos, y aunque sea difícil
separar su obra, podemos decir que después de Marx, ni las humanidades ni las
ciencias sociales volverían a ser las de antes. La amplitud enciclopédica de
sus conocimientos, la profundidad de su mirada, su empecinada búsqueda de las
evidencias que confirmaran sus teorías hicieron que Marx, tantas veces dadas
por muertas sus teorías y su legado filosófico, sea más actual que nunca.
El mundo de hoy se parece de manera sorprendente
a lo que él y su joven amigo Engels pronosticaron en un texto asombroso: El
Manifiesto Comunista. Este sórdido mundo de oligopolios rapaces y predatorios,
de guerras de conquista, degradación de la naturaleza y saqueo de los bienes
comunes, de desintegración social, de
sociedades polarizadas y de naciones separadas por abismos de riqueza, poder y
tecnología, de plutocracias travestidas para aparentar ser democracias, de
uniformización cultural pautada por el American way of life es el mundo que
anticipara en todos sus escritos. Por eso son muchos quienes ya, en los
capitalismos desarrollados, se preguntan si el siglo veintiuno no será el siglo
de Marx. Respondo a esa pregunta con un sí sin atenuantes, y ya lo estamos
viendo: las revoluciones en marcha en el mundo árabe, las movilizaciones de los
indignados en Europa, la potencia plebeya de los islandeses al enfrentarse y
derrotar a los banqueros y las luchas de los griegos contra los sádicos
burócratas de la Comisión Europea, el FMI y el Banco Central Europeo, el
reguero de pólvora de los movimientos Occupy Wall Street que abarcó a más de
cien ciudades estadounidenses, las grandes luchas que en América Latina
derrotaron al ALCA y la supervivencia de los gobiernos de izquierda en la
región, comenzando por el heroico ejemplo cubano, son tantas otras muestras de
que el legado del gran maestro está más vivo que nunca.
El carácter decisivo de la acumulación
capitalista, estudiada como nadie más en El Capital, era negada por todo el
pensamiento de la burguesía y por los gobiernos de esa clase que afirmaban que
la historia era movida por la pasión de los grandes hombres, las creencias
religiosas, los resultados de heroicas batallas o imprevistas contingencias de
la historia. Marx sacó a la economía de las catacumbas y no sólo señaló su
centralidad sino que demostró que toda la economía es política, que ninguna
decisión económica está despojada de connotaciones políticas. Es más, que no
hay saber más político y politizado que el de la economía, dando al traste con
los tecnócratas de ayer y hoy que sostienen que sus planes de ajuste y sus
absurdas elucubraciones econométricas obedecen a meros cálculos técnicos y que
son políticamente neutros. Hoy ya nadie
cree seriamente en esas patrañas, ni siquiera los personeros de la derecha
(aunque se abstengan de confesarlo). Podría decirse, provocando la sonrisa
socarrona de Marx desde el más allá, que hoy son todos marxistas pero a
laMonsieur Jordan, ese personaje de El Burgués Gentilhombre de Moliere, que hablaba en prosa sin saberlo. Por eso
cuando estalló la nueva crisis general del capitalismo todos corrieron a
comprar El Capital, comenzando por los gobernantes de los capitalismos
metropolitanos. Es que la cosa era, y es, muy grave como para perder el tiempo
leyendo las boberías de Milton Friedman, Friedrich von Hayek o las monumentales
sandeces de los economistas del FMI, el Banco Mundial o el Banco Central
Europeo, tan ineptos como corruptos y que por causa de ambas cosas no fueron
capaces de pronosticar la crisis que, como un tsunami, está arrasando los
capitalismos metropolitanos. Por eso, por méritos propios y por vicios ajenos Marx está más vivo que nunca y
el faro de su pensamiento arroja una luz cada vez más esclarecedora sobre las
tenebrosas realidades del mundo actual.
Discurso ante la tumba de Marx (1883)
(Friedrich Engels)
Escrito: Discurso
pronunciado en inglés por F. Engels en el cementerio de Highgate en Londres, el
17 de marzo de 1883.
Primera publicación: En
alemán en el Sozialdemokrat del 22 de marzo de 1883.
Digitalización: Por José
Ángel Sordo para el Marxists Internet Archive, 1999.
El 14 de marzo, a las
tres menos cuarto de la tarde, dejó de pensar el más grande pensador de
nuestros días. Apenas le dejamos dos minutos solo, y cuando volvimos, le
encontramos dormido suavemente en su sillón, pero para siempre.
Es de todo punto
imposible calcular lo que el proletariado militante de Europa y América y la
ciencia histórica han perdido con este hombre. Harto pronto se dejará sentir el
vacío que ha abierto la muerte de esta figura gigantesca.
Así como Darwin descubrió la ley del
desarrollo de la naturaleza orgánica, Marx descubrió la ley del desarrollo de
la historia humana: el hecho, tan sencillo, pero oculto bajo la maleza
idológica,(sic) de que el hombre necesita, en primer lugar, comer, beber, tener
un techo y vestirse antes de poder hacer política, ciencia, arte, religión,
etc.; que, por tanto, la producción de los medios de vida inmediatos,
materiales, y por consiguiente, la correspondiente fase económica de desarrollo
de un pueblo o una época es la base a partir de la cual se han desarrollado las
instituciones políticas, las concepciones jurídicas, las ideas artísticas e
incluso las ideas religiosas de los hombres y con arreglo a la cual deben, por
tanto, explicarse, y no al revés, como hasta entonces se había venido haciendo.
Pero no es esto sólo. Marx descubrió también la ley específica que mueve el
actual modo de producción capitalista y la sociedad burguesa creada por él. El
descubrimiento de la plusvalía iluminó de pronto estos problemas, mientras que
todas las investigaciones anteriores, tanto las de los economistas burgueses
como las de los críticos socialistas, habían vagado en las tinieblas.
Dos descubrimientos como
éstos debían bastar para una vida. Quien tenga la suerte de hacer tan sólo un
descubrimiento así, ya puede considerarse feliz. Pero no hubo un sólo campo que
Marx no sometiese a investigación -y éstos campos fueron muchos, y no se limitó
a tocar de pasada ni uno sólo- incluyendo las matemáticas, en la que no hiciese
descubrimientos originales. Tal era el hombre de ciencia. Pero esto no era, ni
con mucho, la mitad del hombre. Para Marx, la ciencia era una fuerza histórica
motriz, una fuerza revolucionaria. Por puro que fuese el gozo que pudiera
depararle un nuevo descubrimiento hecho en cualquier ciencia teórica y cuya
aplicación práctica tal vez no podía preverse en modo alguno, era muy otro el
goce que experimentaba cuando se trataba de un descubrimiento que ejercía
inmediatamente una influencia revolucionadora en la industria y en el
desarrollo histórico en general. Por eso seguía al detalle la marcha de los
descubrimientos realizados en el campo de la electricidad, hasta los de Marcel
Deprez en los últimos tiempos.
Pues Marx era, ante
todo, un revolucionario. Cooperar, de este o del otro modo, al derrocamiento de
la sociedad capitalista y de las instituciones políticas creadas por ella,
contribuir a la emancipación del proletariado moderno, a quién él había
infundido por primera vez la conciencia de su propia situación y de sus
necesidades, la conciencia de las condiciones de su emancipación: tal era la
verdadera misión de su vida. La lucha era su elemento. Y luchó con una pasión,
una tenacidad y un éxito como pocos. Primera Gaceta del Rin, 1842; Vorwärts de
París, 1844; Gaceta Alemana de Bruselas, 1847; Nueva Gaceta del Rin, 1848-1849;
New York Tribune, 1852 a 1861, a todo lo cual hay que añadir un montón de
folletos de lucha, y el trabajo en las organizaciones de París, Bruselas y
Londres, hasta que, por último, nació como remate de todo, la gran Asociación
Internacional de Trabajadores, que era, en verdad, una obra de la que su autor
podía estar orgulloso, aunque no hubiera creado ninguna otra cosa.
Por eso, Marx era el
hombre más odiado y más calumniado de su tiempo. Los gobiernos, lo mismo los
absolutistas que los repulicanos,(sic) le expulsaban. Los burgueses, lo mismo
los conservadores que los ultrademócratas, competían a lanzar difamaciones
contra él. Marx apartaba todo esto a un lado como si fueran telas de araña, no
hacía caso de ello; sólo contestaba cuando la necesidad imperiosa lo exigía. Y
ha muerto venerado, querido, llorado por millones de obreros de la causa
revolucionaria, como él, diseminados por toda Europa y América, desde la minas
de Siberia hasta California. Y puedo atreverme a decir que si pudo tener muchos
adversarios, apenas tuvo un solo enemigo personal. Su nombre vivirá a través de
los siglos, y con él su obra.

