Por Frei Betto
07/06/12
En torno a la fiesta del Corpus Christi es bueno
recordar que una línea vertical divide a los seres humanos entre vencedores y
vencidos, aliados y enemigos, fieles y herejes. Baja desde la abstracción del
lenguaje, consustanciado en ideologías y creencias religiosas, hasta alcanzar
su punto más cruel: la segregación de cuerpos.
“Una rosa es una rosa es una rosa”, declamaba
Gertrude Stein. Todos de acuerdo. Sin embargo no hay consenso en que “una
persona es una persona es una persona”. Los nazistas les niegan a los judíos el
derecho a la vida, igual que hay judíos que se sienten superiores a los árabes,
y árabes que asesinan a cristianos que no comulgan con sus creencias, y
cristianos que excomulgan espiritualmente a judíos, musulmanes, comunistas,
homosexuales y seguidores del candomblé.
Una persona es su cuerpo. Vive al alimentarlo y
hace de él expresión de amor y engendra nuevos cuerpos. Muerto el cuerpo,
desaparece la persona. Sin embargo llegamos a las puertas del tercer milenio en
un mundo dominado por la cultura necrófila de la exaltación de cuerpos
deslumbrantes por su fama, belleza y riqueza, y la exclusión de cuerpos
condenados por la pobreza.
En el listín telefónico de Santa Mónica, USA,
aparece el número de la Fundación Elizabeth Taylor contra el aids. Pero no hay
ninguna fundación contra el hambre, siendo que esta mata mucho más que aquella.
¿Por qué el aids moviliza más que el hambre? Porque no hace distinción de
clases. El hambre es un problema de los oprimidos y amenaza a un tercio de la
humanidad. Los premiados por la lotería biológica, nacidos en familias que
pueden darse el lujo de comer menos para no engordar, son indiferentes a los
hambrientos o se dedican a actividades caritativas, con la debida cautela de no
cuestionar las causas de la pobreza.
Se clonan cuerpos, pero no la justicia.
Carnicerías virtuales, los kioskos de revistas exaltan la exuberancia erótica
de los cuerpos, sin que se dé un espacio semejante para las ideas, los valores,
las subjetividades, espiritualidades y utopías. Menos librerías, y más
gimnasios. Moriremos todos esbeltos y saludables; el cadáver, cual coloso
impávido, no tendrá ni celulitis…
La política de las naciones puede ser avalada
con justicia por el modo como la economía se las tiene con la concretez de los cuerpos,
sin excepción.
En un mundo en el que el refinamiento de los
objetos de lujo merece una veneración mucho mayor que el modo en que son
tratados millones de hombres y mujeres; en que el valor del dinero se sobrepone
al de las vidas humanas; en que las guerras funcionan como motor de
prosperidad; es hora de que nos preguntemos cómo es posible que haya cuerpos
tan perfumados con mentalidades y prácticas tan hediondas. Y por qué ideas tan
nobles y gestos tan hermosos florecieron en los cuerpos asesinados de Jesús, de
Gandhi, de Luther King, del Che Guevara y de Chico Mendes.
El límite del cuerpo humano no es la piel, es la
Tierra. Somos células de Gaia. Queda por lograr que esta certeza se implante en
la conciencia, allí donde el espíritu adquiere densidad y expresión.
