17/05/12
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| Gabriel Boric |
El desafío que tenemos por delante es claro: o
seguimos atados al legado de la Dictadura, con su democracia estrecha y
nuestros derechos convertidos en bienes de consumo, o le ponemos fin a la
transición e iniciamos una nueva etapa en la historia de Chile. Queremos nuevos
tiempos, mejores, que tengan a las mayorías como protagonistas y ya no como
meros espectadores.
Las encuestas dicen que el 70% de los chilenos
no cree en el presidente. ¿Podemos los estudiantes creer en él?
Piñera se comprometió a eliminar el lucro
encubierto en las universidades, pero cuando llegó el momento presentó un
proyecto de ley para una superintendencia que legitima el lucro. ¿Podemos los
estudiantes creer en lo que dice el presidente Piñera?
Hoy en día, los partidos de gobierno tienen a
tres ministros que construyeron sus fortunas con el negocio de universidades
privadas. ¿Podemos creer los estudiantes que a la UDI o a RN le interesa
ponerle fin a esta estafa?
Ricardo Lagos y Sergio Bitar crearon el 2005 el
sistema de los créditos CAE, que tiene endeudado hasta no poder más a miles de
familias chilenas, y a los que nos opusimos en su momento a dicha reforma nos
dijeron que éramos egoístas. Michelle Bachelet, a quien cientos de miles de
estudiantes le pedimos en las calles el año 2006 que cambiara nuestro sistema
educativo, nos dió la espalda, y acordó con la derecha aprobar la LGE,
traicionando a un movimiento que quería derribar el legado de la dictadura. ¿Podemos
acaso los estudiantes creer en la Concertación y sus partidos?
La respuesta a todas estas preguntas es muy
simple: Los estudiantes no podemos creer ni en Piñera, ni en la derecha, ni en
Bachelet, ni en la Concertación. Sería atentar contra nuestra inteligencia,
nuestra historia y nuestro sentido común.
El desafío de todo movimiento como el nuestro es
entender su momento histórico. Es entender qué es lo que representamos, y por
ende, qué es lo que podemos hacer. Cuáles son los muros que podemos derribar y
cuáles son las realidades que podemos construir.
A nosotros, como generación, no nos tocó
experimentar la dictadura. Algunos éramos muy pequeños para entender lo que
pasaba y la mayoría no había siquiera nacido. Pero sí nos tocó ver la esperanza
de nuestros padres, hermanos, y vecinos de que con el retorno a la democracia
iba a significar un cambio profundo en sus vidas, y nos tocó estar ahí cuando
dicho anhelo fue lentamente cayéndose a pedazos.
Tuvimos, a la vez, nuestra propia historia de
sinsabores. También hicimos nuestro camino para tratar de cambiar este sistema,
y descubrimos las nuevas murallas que se habían trazado, aquellas que impedían salirse del modelo
acordado durante la dictadura.
Fue en ese camino, sin embargo, donde aprendimos
que si había cosas en las que creer. Aprendimos a creer en nosotros mismos, en
que a pesar de que la televisión nos dijera que estábamos equivocados, esa
sensación en la guata de que esto podía cambiar estaba en lo correcto.
Aprendimos a creer en nuestros compañeros, aquellos que sufrían los mismos
abusos que nosotros, y en que la fuerza y radicalidad de nuestro movimiento se
encontraba en nuestra unidad y cohesión. Aprendimos a creer en los chilenos y
chilenas, aquellos que parecían llevar vidas tan grises y tristes, pero que en
el fondo de sus corazones seguía vivo el deseo de vivir en una sociedad más
justa, más igualitaria y más democrática.
Nuestra convicción es que los que marchamos hoy,
y todos aquellos que siguen con esperanza esta marcha desde sus casas y
trabajos, tenemos una gran responsabilidad a cuestas. No se trata de que seamos
grandes iluminados o de que tengamos una verdad que nadie conoce. Se trata del
momento que nos toca vivir y la posibilidad de avanzar en una dirección que
hasta hace unos años era impensable. Es nuestra responsabilidad, como
generación, acabar con la transición.
Hace un poco más de 20 años los defensores y
algunos de los opositores de la dictadura llegaron a un acuerdo. Llegaron a un
acuerdo sobre una forma de concebir al ser humano, a la sociedad y al Estado.
Decidieron que el Estado se debe reducir a su mínima expresión. Que el mercado
es la fuerza principal que debe ordenar nuestra sociedad. Que es muy importante
atender las preocupaciones de los empresarios, y no tanto las de los
trabajadores. Que estudiar solo sirve para tener mejores sueldos, y que los
colegios y universidades funcionan mejor si dividimos a la gente según cuánto
puede pagar. Que el Estado sólo tiene que otorgar lo mínimo en educación,
vivienda y salud, y que sobre el resto cada uno se debe rascar con sus propias
uñas. Que la cultura y el arte que necesita el país es la que más venda. Que es
mejor que los ricos vivan con los ricos, y los pobres con los pobres. Que el
desarrollo es tener a 3 personas en la lista de los 100 hombres más ricos del
mundo.
Nosotros somos tantos, y tenemos tanta fuerza,
porque este modelo fracasó. Porque ha llegado hora de ponerle fin a esta manera
de entender la sociedad y de parir una nueva manera de comprender el rol que le
corresponde a cada uno de nosotros y al Estado en la vida social, que se haga
cargo a la vez de los anhelos y sueños de las grandes mayorías y también de los
desafíos que tenemos como sociedad de cara al siglo XXI.
Nuestra propuesta es que a esta manera de
entender el mundo, que llamamos “subsidiaria”, tenemos que contraponer una
donde determinados ámbitos de la vida, aquellos que entre todos decidamos como
esenciales, sean tratados como derechos universales, es decir, derechos y
privilegios a los que se accede por el solo hecho de ser miembro de esta
comunidad.
Esta idea cuesta a veces entenderla, porque nos
han machacado tanto con la otra, que a veces parece absurdo o imposible
plantearla. Cuando los estudiantes decidimos que queremos gratuidad en
educación, no estamos diciendo que no queramos pagar. La educación siempre
tiene que pagarse. La pregunta es quiénes pagan y cómo lo hacen. Lo importante
para nosotros es que la base del sistema educativo sea que todos, por el solo
hecho de nacer en Chile, tenemos derecho a acceder a la mejor educación que
como sociedad podamos darnos.
Esto no es un capricho. Entender la educación
como un derecho es la única manera de lograr tres objetivos fundamentales para cualquier
sociedad que aspire a liberarse del poder de los más ricos y tomar las riendas
de su propio destino: formar ciudadanía, producir igualdad y generar un
desarrollo más pleno.
Dicho esto, el desafío que tenemos por delante
es claro e ineludible: o seguimos atados al legado de la Dictadura, con su
democracia estrecha y nuestros derechos convertidos en bienes de consumo, o le
ponemos fin a la transición e iniciamos una nueva etapa en la historia de
Chile. No es momento de grises, de pactar con la vieja política, hoy agotada,
sorda y decadente. Queremos nuevos tiempos, mejores, que tengan a las mayorías
como protagonistas y ya no como meros espectadores. Donde la alegría nos llegue
a todos, donde seamos directores en el teatro de nuestras vidas.
Somos más, y tenemos la razón de nuestro lado.
Ellos tienen mucho que perder y nosotros muchos que ganar. Vamos adelante con
la fuerza de nuestra alegría, de nuestra rebeldía, que la lucha del presente,
es la paz del futuro.
